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La adolescencia desde el punto de vista Winnicottiano


“La gran amenaza del adolescente es la que va dirigida a esa pequeña parte de nosotros mismos que no ha tenido una adolescencia efectiva. Ese pedacito de nuestro ser hace que miremos con resentimiento a quienes son capaces de tener su fase de desaliento malhumorado, y que deseemos encontrar una solución para ellos. Hay centenares de soluciones falsas. Todo cuanto digamos o hagamos estará mal. Nos equivocaremos al prestarles apoyo y nos equivocaremos al retirárselo.” 
Luchando por superar la fase de desaliento malhumorado (Winnicott, 1963)


Para trabajar con adolescentes es necesario haber vivido plenamente la adolescencia (y recordarla): los movimientos de independencia desafiante coexistiendo con una dependencia regresiva, el malhumor, la obstinación, la tensión sexual, la necesidad de provocar a la sociedad…  Si uno no ha vivido la adolescencia en su esplendor, ésta se mira con resentimiento e irritación (como un problema al que hay que buscar soluciones para que salgan de ella), en vez de verla como una etapa necesaria y saludable.

Para Winnicott, la adolescencia es una época de descubrimiento personal en donde el adolescente participa en una experiencia vital, un problema de existencia y en el establecimiento de una identidad. Plantea que la adolescencia es una etapa del desarrollo, en el que el sujeto pasa por una fase de “desaliento malhumorado”. De este modo, ve a la adolescencia como un proceso que hay que pasar, que no se puede acelerar ni se puede “curar”. Así, el llegar a ser una persona adulta está en función del paso del tiempo y los procesos graduales de maduración.

Las transformaciones de la adolescencia resultan de la elaboración psicológica de los cambios físicos de la pubertad y de las nuevas exigencias sociales que se les impone. El modo en el que el adolescente afronta estos cambios y las angustias asociadas a ellos se basan en un patrón de personalidad organizado en los primeros años de vida en el que se adquiere la capacidad de entablar relaciones triangulares (complejo de Edipo). El adolescente debe realizar un movimiento psíquico que implica separarse de lo familiar (de las dependencias infantiles); los teóricos clásicos llaman a esta fase la re-edición del complejo de Edipo y desasimiento de imagos parentales, en donde se consuma una elección de objeto.

Winnicott, que tiene una posición muy ambientalista, resalta la importancia de un ambiente facilitador, que pueda tolerar el crecimiento, ya que crecer es un acto agresivo, significa ocupar el lugar de los padres. A nivel de fantasía inconsciente, cuando el niño se transforma en adulto, lo hace sobre el cadáver de un adulto. El manejo de esto, puede producir dificultades tanto para el adolescente como para los padres o tutores. Winnicott se percató en su consulta psicoterapéutica, que en sus pacientes adolescentes afloraban la muerte y el triunfo personal como algo intrínseco al proceso de maduración y a la adquisición de la condición de adulto (estas fantasías inconscientes se manifiestan, en algunos de ellos, como la experiencia de un impulso suicida). Por estas razones, es importante que exista un ambiente familiar suficientemente bueno que facilite los procesos de maduración y que pueda contener dicho crecimiento.

Una característica del adolescente, que quisiera desarrollar ahora, es que es un ser aislado; incluso cuando hace una relación personal lo hace desde una posición de aislamiento. La nueva posición frente a imagos parentales y los ambientes relacionales distintos, exigen al adolescente reorganizar su constitución psíquica. Esta re-organización requiere, desde mi punto de vista, un repliegue narcisista, en donde el adolescente pone a prueba sus relaciones sobre objetos subjetivos. El adolescente, al igual que hizo en la temprana infancia, va adquiriendo la capacidad de reconocer la existencia de otros que no forman parte de él. Por lo tanto, para Winnicott este aislamiento es la repetición de una lucha que se realiza en la niñez (pre-edípico).

Otra característica de los adolescentes, que plantea Winnicott, es la negativa a aceptar soluciones falsas; sólo aceptan lo que se sienten como algo real. El adolescente está empeñado en tratar de encontrarse a sí mismo y ser fiel a eso que va descubriendo. Esto lo hace intolerante e inflexible, ya que rechaza experiencias vicarias (como si no pudieran tomar nada de nadie) y todo tipo de ayuda (porque encuentra en ellas algún elemento falso). Así, el adolescente parte de la nada y aprende por experiencia propia, teniendo que atravesar una fase de desaliento malhumorado, durante la cual se sienten inútiles.

El adolescente en su lucha por construir una identidad busca una forma de identificación que no los traicione, no amoldándose a un rol asignado por los adultos. En ese proceso, el adolescente hace cosas que son demasiado reales desde el punto de vista de la sociedad (ya que representan un ataque para la misma).

Frente a todo lo planteado anteriormente, ¿cómo se debería responder al adolescente? Con paciencia y tolerancia ya que, como afirmaba Winnicott, nos equivocamos tanto al prestarle apoyo como al retirárselo.

Prohibida la reproducción de cualquiera de los contenidos de forma parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Citar como: Valentiner, A. (2012) La adolescencia desde el punto de vista Winnicottiano. [Documento WWW]. URL http://articulos-psico-accion.blogspot.com.es/

El sentimiento de culpabilidad y la tendencia antisocial para Winnicott

Winnicott plantea en el libro “Los Procesos de Maduración y el Ambiente Facilitador” que el sentimiento de culpabilidad forma parte del desarrollo emocional del individuo humano y, aunque las influencias culturales son importantes, dicho sentimiento no es el resultado de las enseñanzas religiosas o morales. En otras palabras, la moralidad, más que algo que debe inculcarse, se desarrolla en los niños de un modo natural, dentro de un marco ambiental que les es dado de forma personal.

Para Winnicott, durante las primeras fases del desarrollo emocional del niño (en la fase de dependencia absoluta) no se debe buscar un sentimiento de culpabilidad ya que el yo no está lo suficientemente organizado e integrado. Luego, poco a poco, si las circunstancias son favorables, la capacidad para el sentimiento de culpabilidad irá desarrollándose, en la medida que va apareciendo la capacidad de reparar (cuando el niño es capaz de entrar en la posición depresiva de Klein). Una vez establecida la capacidad para el remordimiento, el individuo empieza a estar capacitado para experimentar el complejo de Edipo y tolerar la ambivalencia inherente a la última fase.

No obstante, Winnicott vislumbró en su práctica clínica con niños y adolescentes que no es raro encontrar individuos cuyo normal desarrollo es solamente parcial y que en parte son incapaces de sentir culpabilidad, ni siquiera remordimiento. De esta forma, Winnicott reconoce que en ciertas personas se produce un estancamiento del desarrollo emocional durante sus primeras fases, con la consiguiente ausencia del sentido de la moral.

Winnicott, que le da gran importancia al medio ambiente en el que se desarrolla el niño, plantea que las personas que carecen del sentido de la moral son las mismas que, en las primeras fases de su desarrollo, carecieron del marco emocional que hubiese permitido la formación de la capacidad para el sentimiento de culpabilidad. En otras palabras, propone que el desarrollo de la culpabilidad ocurre si se dan condiciones ambientales complejas relacionadas con todo aquello que es natural y seguro en el cuidado de bebés y niños.

En el análisis de niños y adolescente antisociales, Winnicott se dio cuenta que hay un tipo de pacientes (que por cierto es el más frecuente), de tipo más neurótico, en el que las acciones delictivas se cometen a modo de intento inconsciente de dar sentido al sentimiento de culpabilidad. Este tipo de paciente encuentra alivio en la realización de un crimen, ya que el sentimiento de culpabilidad queda enlazado con algo concreto; dichos actos se relacionan con la realización de fantasías reprimidas edípicas hostiles. Aunque los hechos delictivos no satisfacen en un principio al delincuente, si se repite compulsivamente, dichos síntomas pueden llegar a tener una ganancia secundaria, por lo que se hace aceptable para el sujeto. Lógicamente, un tratamiento psicoanalítico tiene mejor pronóstico cuando no se ha afianzado el beneficio secundario.

Por otro lado, Winnicott distingue un segundo grupo de pacientes, más graves y menos frecuentes, que tienen mermada su capacidad para el sentimiento de culpabilidad. Estos delincuentes tratan desesperadamente de sentirse culpables, con pocas posibilidades de que lo logren.

Según Winnicott, para que se desarrolle la capacidad para el sentimiento de culpabilidad de estos sujetos, se deben hallar un medio ambiente particular que corresponda al que normalmente se necesita para el niño inmaduro. Desafortunadamente, es difícil encontrar dicho ambiente, capaz de absorber las tensiones producidas por la crueldad y el carácter impulsivo del paciente. Así, Winnicott no era muy optimista en la cura de este segundo grupo de pacientes (que se orienta a la que hoy se llama psicopatía), pero si en la prevención del desarrollo de la tendencia antisocial.

En este sentido, Winnicott subraya la importancia de tener una madre suficientemente buena, una madre que sea capaz de dar cabida al desarrollo del verdadero yo del niño, es decir, acoger su gesto espontáneo, interpretar su necesidad y gratificar al mismo. La frustración debe ir emergiendo gradualmente; es decir, la madre en un principio debe ilusionar al bebe para desilusionarlo progresivamente con la realidad, por lo que Winnicott sugiere evitar, en la medida de lo posible, que se interrumpa el desarrollo de la relación entre la madre y el bebé de forma brusca. Esta ruptura de la continuidad de los cuidados maternos puede provocar, en algunos niños, cualidades antisociales ya que, en cierta forma, dichos niños tienen el convencimiento de que tienen derecho de reclamarle algo al mundo.


Prohibida la reproducción de cualquiera de los contenidos de forma parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Citar como: Valentiner, A. (2012) El sentimiento de culpabilidad y la tendencia antisocial para Winnicott. [Documento WWW]. URL http://articulos-psico-accion.blogspot.com.es/ 

Análisis del artículo de Ferenczi: Perspectivas del psicoanálisis


Ferenczi comienza en este artículo explicando como se había estando desarrollando vertiginosamente el psicoanálisis (en 1924) sobre todo como sistema científico e incluso como concepción de mundo. De esta manera, los inicios del psicoanálisis estuvieron marcados por un carácter eminentemente práctico, en el sentido de que había poco o nada construido teóricamente. A partir del análisis de pacientes neuróticos, se fue estructurando una teoría del aparato psíquico y de algunas patologías, hasta generalizarse no solo como una teoría, sino como una concepción de hombre, una metapsicología.

Una vez construida la teoría, ésta ha sido útil a miles de personas para observar con los lentes de la teoría una serie de fenómenos que anteriormente eran invisibles para casi todo el mundo, especialmente el complejo de Edipo (que formaba parte fundamental en el origen de las neurosis) y el descubrimiento de la transferencia (la repetición de la relación edípica).

No obstante, Ferenczi refleja en el presente artículo el espíritu de la época al comentar que había cierta desorientación entre los analistas en lo relativo a la práctica psicoanalítica; esto se debe a que el desarrollo de la teoría no fue acompañado con un progreso técnico – terapéutico.

Según se puede interpretar de Ferenczi, la práctica creó la teoría, pero después de un punto lo que ha pasado es que la teoría influye a la técnica pero no a la inversa, por lo que la práctica modifica muy poco a la teoría que cada vez es más inflexible. Así, percibe que para la época había una suerte de estancamiento en el desarrollo de la técnica, quizá por el temor de Freud de tener que aceptar implicaciones teóricas de esta evolución.

En relación a la técnica, Ferenczi escribe en este artículo varias consideraciones; en primer lugar reitera que el objetivo de la psicoterapia psicoanalítica es la disolución de la libido infantil de su fijación a los primeros objetos parentales. Así, Ferenczi (1924) afirma que justamente el objetivo “es hacer vivir plenamente la relación edipiana en la relación del paciente con el médico, a fin de que el conocimiento adquirido le permita llegar a una solución nueva y mejor”. (p283)

A su vez, aunque se puede con un paciente explorar sus sueños, su sexualidad o su historia biográfica en general, para Ferenczi estas son relevantes en la medida que faciliten la reproducción de la relación edípica; en la medida en que se aleja de este objetivo, el trabajo psicoterapéutico resulta estéril, o un ejercicio teórico, de confirmación de la teoría con la práctica por parte del terapeuta que no tiene ningún sentido terapéutico.

Probablemente por los pocos escritos técnicos que realiza Freud y el descuido de otros teóricos en esta área del conocimiento, existen una serie problemas en la técnica que Ferenczi observa y los detalla en el artículo; esto podría ser resultado de una suerte de fijación por parte de algunos analistas a alguna fase de la evolución de la técnica psicoanalítica. Quizá sea mejor recordar estos problemas para no repetirlos en nuestra práctica profesional.

Un primer problema lo constituye confundir la concepción clínica – médica con psicoanálisis, Ferenczi plantea que esta forma de análisis no toma en cuenta lo dinámico, lo conflictivo, sino que se limita a describir los síntomas y a intentar eliminarlos.

Otro problema, quizá asociado con un exceso de pasividad, lo constituye el hecho de acumular asociaciones como meta del análisis; pareciera que esta manera de trabajar se realiza sólo para que el analista se entere de la profundidad de las mociones afectivas operantes, casi un ejercicio intelectual del analista. El lado extremo a este también es erróneo, que consiste en tomar como objeto principal del análisis las interpretaciones, formulándolas en todo momento, incluso fuera de tiempo psicológico; esto constituiría múltiples agresiones al paciente, con el subsiguiente incremento de la resistencia.

Otra falta consiste en seguir fijados a las primeras fases del psicoanálisis en donde se realizaba análisis de los síntomas para su eliminación. Al respecto, Ferenczi (1924) comenta “como se sabe, el análisis ha pasado ya por una etapa en la que partía de los síntomas y despertaba bajo la presión de la sugestión los recuerdos que, actuando luego en la inconsciente, provocaba los síntomas. Este método ha sido superado hace tiempo por la evolución de la técnica psicoanalítica” (p272). Por otro lado, la enumeración sistemática de complejos puede tener lugar en la psicología descriptiva pero no en el psicoanálisis.

En la época en que Ferenczi escribió este artículo, era frecuente que algunos analistas centraran intencionalmente las asociaciones sobre lo sexual, tanto actual como infantil. Esto traía como consecuencia algunos desbordamientos sexuales en los pacientes con la subsiguiente neutralización de los efectos terapéuticos de la frustración.

Un problema común de los analistas era darle mayor importancia a la demostración de la teoría psicoanalítica en los pacientes (sobre todo en la teoría del desarrollo sexual) que el tratamiento del paciente mismo. Así, para Ferenczi la técnica no intenta separar artificialmente las fases psicosexuales ni usar este conocimiento en un principio del tratamiento de las neurosis; más bien, el analista puede servirse de este saber para permitir la transferencia.

Ferenczi criticaba la tendencia de algunos terapeutas a olvidar el factor individual y centrarse en explicaciones filogenéticas y culturales. Además, criticaba a los genetistas, en el sentido de que descuidan el presente del paciente, lo que puede llevar a que comunique en sus interpretaciones reconstrucciones que no tienen por sí solo la capacidad para generar una reacción afectiva. Así, hay que esperar que los pacientes vivan a nivel transferencial algo para llegar a convencerse de la realidad de las hipótesis inconscientes. Ferenczi (1924) aseveraba al respecto “lo rechazado o el inconsciente no tiene acceso a la motilidad ni a estas inervaciones motrices cuya suma configura la descarga de afectos; el pasado y lo rechazado se hallan, pues, obligados a hallar un representante en el presente y en el consciente (preconsciente), o sea, en la situación psíquica actual, para poder ser contrastados afectivamente”. (p278)

En las primeras fases del psicoanálisis, se solía dar explicaciones al analizado, para llenar mediante saber las lagunas en el recuerdo del paciente. Algunos analistas siguen realizando esta manera de trabajar, cuando en realidad lo que hay que trabajar es sobre la resistencia del paciente. Así, al desenmascarar y neutralizar las resistencias del paciente, las amnesias quedan colmadas automáticamente y sin que sea preciso dar muchas interpretaciones y explicaciones.

En uno de los pocos artículos técnicos de Freud “Recordar, repetir y reelaborar” (1914), Freud describe la evolución de la técnica y explica su meta, que es llenar las lagunas del recuerdo, es decir, recordar lo reprimido. Freud escribió este artículo justamente por limitaciones de la técnica; en este sentido, descubre que hay un límite en el recordar, por lo que se pregunta cómo se tiene acceso lo que hay más allá (lo reprimido).

Así, Freud descubre que lo que no se puede recordar retorna de otro modo: por la repetición. Esto trae como consecuencia ciertas modificaciones en la técnica psicoanalítica, ya que la técnica analítica consistirá tanto explorar las formaciones del inconsciente, como tener en cuenta la repetición y explotar el material que esta revela. En consecuencia, la eficacia del analista va a depender no sólo de su capacidad de hacer desaparecer síntomas, sino también de cortar compulsiones repetitivas a la que el paciente está sometido.

Ferenczi, al igual que Freud, considera la compulsión a la repetición no como un síntoma de resistencia que tiene que ser evitado en el espacio terapéutico (por ser perjudicial), sino como un fenómeno que hay que favorecer en el análisis. Sin embargo, esto no quiere decir que la meta de la técnica sea repetir, sigue siendo recordar; es decir significa transformar los elementos repetidos en recuerdo actual.

Por otro lado, muchos terapeutas malinterpretan a Freud al considerar que todo lo que perturba el trabajo es una resistencia. Según Ferenczi esta concepción crearía en los pacientes un sentimiento de culpabilidad intenso en donde los mismos temerían entrar en resistencia y el analista se hallaría sin recursos ante esto. Otra situación que es temida por los terapeutas es la transferencia negativa, que simplemente es considerado como resistencia. Sin embargo, dado que esta transferencia es un síntoma de resistencia que pide ser interpretado, su análisis es fundamental como principal labor del trabajo terapéutico; de hecho, es frecuente que la transferencia negativa sirva de vehículo a la manifestación de tendencias inconscientes.

Ferenczi recuerda a los analistas como éstos desempeñan a nivel inconciente todos los papeles posibles, por lo cual es muy importante que el analista esté pendiente en cada momento, para servirse inconscientemente según las circunstancias a diversos roles. Al respecto Ferenczi (1924) comenta “no es un azar el que los errores técnicos se produzcan precisamente a propósito de las manifestaciones de transferencia y de resistencia.” (p280)

Ferenczi fue un pionero en hablar y tomar en cuenta la contratransferencia como instrumento a nivel terapéutico. Asimismo, fue muy crítico en la labor de muchos analistas al darse cuenta de cómo el mismo narcisismo del analista llevaba a los pacientes a resaltar las cosas que presumen al analista (y así seducirlo) y reprimir las asociaciones que le afectan (impidiendo una expresión abierta del paciente).

Ferenczi fue tan consciente del rol de la contratransferencia que modificaba su rol conscientemente para producir efectos transferenciales buscados. De hecho, Ferenczi para evitar problemas técnicos, hostigaba a los pacientes con órdenes y prohibiciones; esto se justificaba, ya que se realizaba con un fin terapéutico. El analista al aceptar el rol que le es dado por el inconsciente del paciente, potencia la tendencia a repetir experiencias traumáticas infantiles y así transforma la repetición en rememoración desvelando su contenido.

No obstante, el papel activo por parte del analista fue criticado por el propio Ferenczi en sus últimos escritos (1926) en donde explica que la actividad, en tanto es una medida de frustración, perturba la transferencia. Esto no quería decir que nunca el analista debía ser activo, sino que debe ser usado por analistas experimentados en una fase en donde el amor de transferencia del paciente es muy sólido, y al fin del tratamiento de manera inevitable.

Para finalizar me gustaría discutir las influencias que podría tener el artículo “Confusión de lengua entre los adultos y el niño” (1932) en la técnica psicoterapéutica. Hasta aquel entonces, se había de alguna manera descartado en el mundo psicoanalítico la teoría de seducción, que Freud había usado en sus primeros escritos hasta que teorizó sobre la realidad psíquica, las fantasías y el complejo de Edipo, disminuyendo así la importancia de las seducciones reales.

Ferenczi explica como las seducciones incestuosas pueden ser entendidas como una confusión de lenguas, en el sentido de que el niño al jugar con el adulto de forma erótica siempre lo hace desde el ámbito de la ternura. Por otro lado, algunos adultos sobre todo si tiene algunas predisposiciones psicopatológicas confunden este juego infantil con los deseos sexuales adultos y se dejan arrastrar sexualmente sin pensar en las consecuencias.

Luego, el niño por efecto de algunos mecanismos de defensa se identifica con el agresor sexual, por introyección de lo que le amenaza o le arremete y lo hace intrapsíquico. Casi siempre el agresor se comporta como si nada ocurriese o quizá tenga algunos remordimientos, lo que hace que el niño mas consciente de su falta y que sea más vergonzoso; así, el niño introyecta el sentimiento de culpa del adulto.  En el adulto, el sentimiento de culpabilidad transforma el objeto amoroso en un objeto ambivalente (de odio y cariño); esta dualidad ausente en el niño en el estadio de la ternura hace que el odio traumatice al niño amado por un adulto, ya que este odio transforma a un ser que juega espontáneamente en un autómata o un obstinado, culpable del amor, que al imitar al adulto, se olvida de sí mismo.

De aquí, se puede inferir que en la práctica clínica hay que tener mucho cuidado de no tomar seducciones reales como fantasías edípicas, porque a nivel contratranferencial estaría ejerciendo el mismo rol del abusador sexual, en el sentido de que el analista se comportaría como si nada ocurriese, generando más culpa en el paciente. Quizá sea necesario matizar la idea de que la seducción es producto de las fantasías de los pacientes y aceptar aunque sea desagradable que existen padres (o sustitutos) perversos, dejando atrás lo que Ferenczi llama “hipocresía profesional”.

Como idea final, se podría decir que hay que mandar otra carta a Fliess en donde diga “hay que creer de nuevo en algunas neuróticas”…

Bibliografía
Ferenczi (1923). Prólogo a la edición húngara de “Más allá del principio del placer”. En Sandor Ferenczi: Psicoanálisis, Tomo III, Madrid: Espasa-Calpe, 1981.

Ferenczi (1924). Perspectiva del psicoanálisis. En Sandor Ferenczi: Psicoanálisis, Tomo III, Madrid: Espasa-Calpe, 1981.

Ferenczi (1926). Contraindicaciones de la técnica activa. En Sandor Ferenczi: Psicoanálisis, Tomo III, Madrid: Espasa-Calpe, 1981.

Ferenczi (1933). Confusión de lengua entre los adultos y el niño. En Sandor Ferenczi: Psicoanálisis, Tomo III, Madrid: Espasa-Calpe, 1981.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar (1914). Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II. En Software de computación (s/f). Compilación anónima.

Prohibida la reproducción de cualquiera de los contenidos de forma parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Citar como: Valentiner, A. (2010) Análisis del artículo de Ferenczi: Perspectivas del psicoanálisis. [Documento WWW]. http://articulos-psico-accion.blogspot.com.es/

Rasgos de personalidad Límite o Borderline a la luz de los aportes de Kernberg


El DSM-IV-R define el trastorno de la personalidad límite o borderline como un patrón generalizado de inestabilidad en las relaciones personales, la propia imagen y las emociones, así como una marcada impulsividad, que comienza en la adultez temprana y que se caracteriza por diversos rasgos. Los rasgos aunque no son criterios estructurales, pueden ayudar al psicólogo clínico a guiarlo hacia los criterios de la organización límite de la personalidad. Estos rasgos que ofrece descriptivamente el DSM-IV-R pueden también ser explicados desde una perspectiva más psicodinámica, con la teoría de Kernberg.

Antes de explicar dinámicamente los rasgos del trastorno borderline de la personalidad, es necesario entender en donde está la fijación en el desarrollo del niño, ya que esto ofrece una mejor comprensión de cómo opera este trastorno. Kernberg vinculó la etiología y la patogenia del trastorno borderline de la personalidad con el esquema del desarrollo de Mahler; específicamente, para Kernberg los pacientes borderline atravesaron con éxito la fase simbiótica descrita por Mahler de manera tal que el self y los objetos se pueden distinguir claramente. Esto se relaciona con el mantenimiento de la prueba de realidad que se observa en los pacientes límite, entendida como la capacidad de diferenciar el sí mismo del no sí mismo, lo intrapsíquico de los orígenes externos de la percepción y estímulos, y la capacidad para evaluar realísticamente el contenido del propio afecto, conducta y pensamiento en términos de las normas sociales ordinarias.

Sin embargo, el paciente límite quedó fijado durante la fase de separación – individuación; Kernberg señaló a la subfase de acercamiento, entre los 16 y 24 meses, como el lugar cronológico de esta crisis del desarrollo. En este periodo, el niño teme que su madre pueda desaparecer y esto a veces, provoca en él una angustia intensa, sobretodo cuando no sabe donde está. Desde este punto de vista del desarrollo, se puede considerar que estos pacientes reviven una crisis infantil temprana en la cual temían que los intentos de separación de sus madres provocarían la desaparición de ellas, y por ende, el abandono de ellos.

De esta manera, se puede explicar claramente el primer criterio del DSM-IV-R que son los intensos esfuerzos por evitar un abandono real o imaginario. De adultos, los individuos con personalidad límite son incapaces de tolerar períodos de soledad y el temor de que lo abandonen los seres significativos; además pueden ser abrumados con ansiedad frente separaciones de sus padres o sustitutos. De hecho, hasta pueden reaccionar con una ira inapropiada o pánico cuando tienen que separarse, aunque sea sólo durante un tiempo limitado. Para Kernberg, las razones para la fijación en la subfase de acercamiento están relacionadas con una alteración de la disposición emocional de la madre durante este período crítico, debido al exceso constitucional de agresión en el niño, a problemas de la función materna, o a una combinación de ambas.

Un componente importante de esta fijación es la falta de constancia objetal típica de los pacientes borderline. A lo largo del período de separación – individuación, estos niños son incapaces de integrar aspectos buenos y malos de sí mismos y de sus madres. Estas imágenes contradictorias son guardadas en forma separada a través de la escisión, de manera tal que tanto la madre como el self son vistos como alternando entre completamente malos y completamente buenos. Pero mientras que la mayoría de los niños de alrededor de tres años adquieren constancia objetal bastante solidificada que les permite tener una visión de la madre y de sí mismos como objeto total, no ocurre así para los individuos propensos a trastornos borderline. Los primeros, por lo general toleran la separación de una mejor manera debido a que han internalizado una imagen total y tranquilizadora de la madre que se sostiene durante su ausencia; pero como las personas borderline carecen de esta imagen interna, tienen poca o ninguna constancia objetal, no toleran ni la separación ni la soledad. Esta carencia de la imagen interna se relaciona con la sensación crónica de vacío, falta de sentido y soledad, a la que alude el DSM-IV-R.  Kernberg explica que la vivencia subjetiva de vacío ocurre cuando se perturba la relación entre el sí mismo y el mundo interno de los objetos, produciéndose el abandono interno del sí mismo por parte de los objetos internos.

Otro criterio del DSM-IV-R tiene que ver con los problemas de identidad, es decir, una auto-imagen o sentido del yo marcadamente inestable. Debido a la incapacidad de integrar los aspectos buenos y malos de sí mismos, existe en el paciente border una carencia de identidad integrada, lo que Kernberg llama “síndrome de difusión de identidad”. En contraste con las estructuras neuróticas, en donde las imágenes del sí mismo (buenas y malas) han sido integradas en un sí mismo comprensivo, en la organización límite de la personalidad, dicha integración falla, y tanto las representaciones de sí mismo como la de los objetos permanecen como representaciones afectivo-cognoscitivas del sí mismo, múltiples y contradictorias. Para Kernberg, esta falta de integración de los aspectos bueno y malo de la realidad del sí mismo se debe presumiblemente a la predominancia de una agresión grave temprana activada en estos pacientes. La disociación de las representaciones buenas o malas del sí mismo y de los objetos, protege al amor y la bondad de la contaminación por el odio y la maldad predominantes. La difusión de identidad que se representa por un concepto pobremente integrado del sí mismo y de otros significativos, se refleja en la experiencia subjetiva de vacío crónico, autopercepciones contradictorias, conducta contradictoria que no puede integrarse en una forma emocionalmente significativa, y percepciones huecas, insípidas y empobrecidas de los demás.

Un tema estructural íntimamente relacionado con la identidad, tiene que ver con la calidad de las relaciones objetales. La calidad de las relaciones objetales es en gran parte dependiente de la integración de la identidad, lo cual incluye no sólo el grado de integración sino también la continuidad temporal del concepto del paciente sobre sí mismo y de los demás. Normalmente, la experiencia de sí mismo es consistente a través del tiempo bajo circunstancias variantes y con personas diferentes y experimentamos conflicto cuando surgen contradicciones en el autoconcepto; lo mismo aplica a la experiencia de los demás. En la organización límite de la personalidad, esta continuidad temporal se pierde; tales pacientes tienen poca capacidad para una evaluación realista de los demás. Las relaciones a largo plazo de los pacientes límite con los demás se caracterizan por una percepción crecientemente distorsionada de las mismas. Fracasa para lograr una empatía real; sus relaciones con los demás son caóticas o huecas; y las relaciones íntimas están por lo general contaminadas por su típica condensación de los conflictos genitales y pregenitales. Esto explica, por lo menos parcialmente, la inestabilidad de las relaciones interpersonales, que describe el DSM-IV-R.

Por otro lado, las relaciones interpersonales inestables, se explican por la incapacidad de integrar aspectos buenos y malos de de los otros significativos, que son conservadas en forma separada a través de la escisión, de manera tal que el otro es visto como alternando entre completamente malo y completamente bueno. Por tanto, es importante explicar este mecanismo de defensa, que en alianza con otros, alteran las relaciones con el otro.

La escisión y otros mecanismos relacionados (idealización primitiva, identificación proyectiva, negación, omnipotencia y devaluación) protegen al yo de conflictos mediante la disociación o manteniendo activamente aparte las experiencias contradictorias del sí mismo y de los demás significativos. Cuando predominan estos mecanismos, los estados contradictorios del yo son alternativamente activados; en tanto estos estados contradictorios del yo puedan mantenerse separados entre sí, se previene o controla la ansiedad relacionada con estos conflictos; sin embargo, estas defensas protegen al paciente límite del conflicto intrapsíquico pero al costo de debilitar el funcionamiento del yo, reduciendo por lo tanto, su efectividad adaptativa y flexibilidad en su vida. Así mismo, es frecuente el uso de pensamiento dicotómico en pacientes límite; precisamente, la escisión propicia el uso de este pensamiento dicotómico, viendo el mundo en términos de categorías excluyentes (bueno o malo, éxito o fracaso, lealtad o traición). Al faltar las categorías intermedias, se hacen interpretaciones extremas de acontecimientos que en realidad caen en una zona intermedia de un continuo.

Existen otros mecanismos de defensa típicos en el paciente límite, que afectan directamente las relaciones interpersonales. En este sentido, la omnipotencia y la devaluación, que son derivaciones de las operaciones de escisión, afectan las representaciones del sí mismo y de los objetos y se representan en forma típica por la activación de estados del yo que reflejan un sí mismo grandioso, muy inflado, en relación con una interpretación de los demás despreciada y emocionalmente degradante. Así, utilizando estos mecanismos, se puede llegar a considerar a una persona un ser maravilloso y excepcional en el primer o segundo encuentro, sentir unos sentimientos muy intensos hacia esa persona, desear estar a su lado y recibir su atención continuamente, exigirle mucho a nivel emocional y desear compartir los detalles más íntimos desde el principio de la relación. Sin embargo, al no cumplirse estas demandas, pueden pasar fácilmente al extremo opuesto, pensando que en realidad no le importan nada a esa persona, que les ha traicionado y que es decepcionante o mala persona.

Estos pacientes pueden usar también la idealización primitiva, complicando la tendencia a ver a los objetos externos como totalmente buenos o malos, al aumentar artificial y patológicamente su cualidad de bondad o maldad; este mecanismo primitivo crea imágenes no realistas, poderosas y completamente buenas. De hecho, estas defensas primitivas llevan a mantener patrones inestables, la idealización lleva a estos pacientes a entregarse por completo a la persona amada, mientras que el miedo al rechazo los lleva a tener miedo a la intimidad y alejarse, frustrando sus propios deseos de intimidad.

Por otro lado, también es frecuente el uso de la identificación proyectiva en pacientes de organización límite, que se caracteriza por la tendencia a seguir experimentando el impulso que está siendo proyectado simultáneamente sobre la otra persona, por temor a otra persona bajo la influencia de ese impulso proyectado y por la necesidad de controlar a la otra persona bajo la influencia de este mecanismo.

La inestabilidad en la imagen de sí mismo y de los otros, ayudados con los mecanismos de escisión, devaluación, omnipotencia e idealización, también trae como consecuencia una inestabilidad afectiva (criterio del DSM-IV-TR). Existe una tendencia a reaccionar con gran intensidad ante los diversos sucesos de la vida, cambiando de manera radical distintas emociones como rabia, pánico, desesperación. Esta inestabilidad afectiva se debe al hecho de que sus personalidades han quedado funcionando en un nivel de desarrollo muy arcaico; sus emociones muy intensas son las que corresponden a un estado del sí mismo y objetos muy arcaicos y fragmentados, así como a precursores del yo y superyó crueles y primitivos.

La impulsividad en diversas áreas en las que pueden perjudicarse a sí mismos, así como las dificultades para controlar ira intensa e inapropiada (ambos criterios del DSM-IV-R), serían explicadas por Kernberg como manifestaciones de un yo debilitado. Un aspecto del funcionamiento yoico es la capacidad para demorar la descarga de los impulsos y modular los afectos; los pacientes borderline, según Kernberg son incapaces de conducir fuerzas yoica para realizar esas funciones debido a debilidades inespecíficas inherentes. Por lo tanto, tanto el control de los impulsos como la capacidad de modular afectos son pobres.

Adicionalmente, otro rasgo del trastorno de personalidad border (DSM-IV-R) es la existencia de la ideación paranoide temporal en períodos de estrés intenso o síntomas disociativos severos. Para Kernberg, esto también es resultado de una debilitación del yo por ausencia o baja tolerancia de la ansiedad; de esta manera, existe una incapacidad para tolerar una carga de tensión mayor de la que en forma habitual se experimenta sin desarrollar síntomas aumentados o conductas generalmente regresivas.

Las organizaciones límite reflejan deterioros en la integración del superyó y se caracterizan por precursores no integrados del mismo, particularmente representaciones primitivas de los objetos, sádicas e idealizadas. Por lo tanto, las conductas suicidas recurrentes o de auto-mutilación (como rasgos fenomenológicos del DSM-IV-R) proporcionan una salida para sentimientos de culpa y auto-castigo, debido a un superyó rígido y primitivo.

Posteriormente, la base del trastorno límite está constituida por tres supuestos fundamentales:

1) Conciben el mundo como un lugar peligroso y a las demás personas como malévolas o potencialmente dañinas.

2) Piensan que son vulnerables e incapaces de salir adelante por sí mismos.

3) Se ven a sí mismos como inaceptables, malas personas e indignos de amor.

Kernberg, mantuvo que el resultado final de la fijación durante la fase de separación – individuación es una condición que caracterizó por su predominancia de introyectos negativos. Aunque admitió fuentes ambientales para estas representaciones internalizadas negativas del self y del objeto, la teoría de Kernberg enfatizó la significancia de un exceso de agresión oral constitucional en los pacientes borderline. Este factor reduce su capacidad para integrar imágenes buenas y malas del self y de otros; están convencidos de que la “maldad” abrumadora destruirá cualquier bondad en ellos o en otros. A veces, estos introyectos malos los hacen sentir despreciables, sin valor, incapaces e indignos de amor, conduciéndolos en ocasiones a pensamientos suicidas. Esta agresión innata también impide el pasaje del paciente borderline a través de la fase edípica; por eso, los conflictos edípicos en el paciente borderline con frecuencia aparecen como más crudos y primitivos, comparados con aquellos de los pacientes neuróticos.

Prohibida la reproducción de cualquiera de los contenidos de forma parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Citar como: Valentiner, A. (2010) Rasgos de personalidad Límite o Borderline a la luz de los aportes de Kernberg. [Documento WWW]. URL http://articulos-psico-accion.blogspot.com.es/

Conflicto y Déficit: Implicaciones para la técnica


En el psicoanálisis tradicional, la psicopatología es conceptualizada en términos de conflicto intersistémico; esto implica diferentes patrones de oposición entre los 3 sistemas estructurales de la personalidad (ello, yo y superyó) y la realidad. Además, la formulación principal de la evaluación patológica es la siguiente: deseo pulsional edípico – represión – regresión – formación de síntomas.

Esta manera de conceptualizar la psicopatología presupone un cierto grado de diferenciación estructural:
- Los propios sistemas que se supone están en conflicto entre sí tienen que estar separados.
- Tiene que establecerse una diferenciación relativamente estable entre la representación del sí mismo y la representación del objeto (constancia) de tal manera que se experimente la constelación interpersonal triádica de la situación edípica.
- El individuo debe haber alcanzado un nivel de desarrollo estructural que le permita usar la represión como el principal mecanismo de defensa.

No obstante, evidencia clínica tiende a señalar el inicio de la patología antes de la etapa en que se supone se ha producido la diferenciación estructural antes mencionada. Además, las necesidades en juego en el proceso patológico no siempre parecen ser de naturaleza pulsional; también existen necesidades evolutivas como la necesidad de una fusión simbiótica o la necesidad de la afirmación del sentimiento básico del sí mismo. Finalmente, parece que el mecanismo de funcionamiento de patología no siempre es el de fuerzas que se oponen activamente unas a otras; también puede ser el de un sufrimiento o trauma pasivo. El aporte patógeno del medio ambiente no es fundamentalmente el de una condena moral que se opone a los deseos pulsionales del niño. Más bien se trata de un problema de falla, es decir, el objeto no responde emocionalmente de una manera adecuada en términos de las fases  a las necesidades evolutivas del niño.

Por lo tanto, hay 2 mecanismos patológicos: el del conflicto y el del déficit. La patología basada en el déficit se caracteriza por las fallas intrasistémicas, como una estructura defectuosa del si mismo, la falta de constancia del objeto, la difusión del objeto, la escisión y la falta de capacidad para relacionarse emocionalmente con los objetos, es decir, que la propia evolución de la estructura del yo ha sido dañada.

Tres posiciones teóricas respecto al concepto del conflicto:
- El conflicto debe ser concebido existente desde el nacimiento. En última instancia toda la psicopatología se basa en el conflicto intrapsíquico (posición kleiniana).

- El conflicto debe ser restringido al concepto intersistémico tradicional.

- El concepto de conflicto debe ser complementado por el concepto de déficit dentro de una teoría amplia de la evolución estructural.

En el tercer punto de vista, el analista debe derivar su estrategia terapéutica a partir de la comprensión de la conformación estructural única del paciente y formular y aplicar sus intervenciones de tal manera que se adecuen a dicha estructura. Con el fin de lograr esta tarea  de una manera consistente, el analista necesitará de una teoría que le permita una descripción detallada de la irregularidad estructural, es decir, de las variadas constelaciones de conflictos y estancamientos de la evolución y de su organización resultante, así como de su estructura jerárquica. Equipado con tal instrumento, el analista estaría en posición de ampliar sus intervenciones de tal manera que correspondan con mayor con mayor exactitud al estado del yo en cualquier momento dado de la terapia.

Estrategias Terapéuticas
Revelación de significados: Se puede conceptualizar la esencia de la patología basada en conflictos como una patología basada en conflictos como una patología de significados ocultos. Por lo que la tarea del analista es apoyar al yo en arriesgada aventura de enfrentarse a impulsos y afectos arcaicos, hacia representaciones objetales internalizadas que son proyectadas en el analista. Tal empresa presupone una alianza entre el analista y el paciente para descubrir, es decir, para buscar los significados ocultos.

Al trabajar dentro del dominio del material basado en conflictos, el analista espera que el paciente se alíe a él para investigar tanto el conflicto como la resistencia contra el propio esfuerzo de investigación. La perspectiva terapéutica será principalmente topográfica y las intervenciones serán del tipo interpretativo; incluso aunque le cause incomodidad el paciente será capaz de aceptar que la invitación a explorar dentro del significado latente es básicamente una actitud de ayuda por parte del analista.

Creación de Significado: En lo que respecta a la patología basada en el déficit, el esfuerzo, el esfuerzo terapéutico no se dirige principalmente a revelar los significados ocultos sino más bien a ayudar al yo a experimentar el significado mismo. No se trata de encontrar algo más sino de sentir que algo existe.

Al trabajar con derivados del déficit, el analista no puede esperar que el paciente experimente sin más ni más su invitación a investigar como un benevolente acto de ayuda; es más probable que sea interpretada en términos de crítica, provocación o ataque, esto debilitará la alianza terapéutica y constituirá una amenaza para la continuación de la terapia. Con respecto al material basado en un déficit, la perspectiva terapéutica busca: a) corregir y separar las representaciones si mismo – objetos distorsionados o difusos b) producir una estructuración de aspectos de las relaciones objetales que todavía no se ha alcanzado en la evolución previa. Con este propósito, las intervenciones del analista deben tener no una naturaleza interpretativa sino afirmativa.

Los elementos de una interpretación afirmativa: 1) elemento de existencia, 2) elemento de relación, 3) elemento de valor y 4) elemento de validez de la experiencia. Una intervención pertinente sería de la siguiente manera: “lo que usted siente es correcto. En esa situación usted no tenía no tenía otra opción. Usted hizo lo mejor que podía haber hecho”. La naturaleza afirmativa puede ser transmitida mediante intervenciones de diferente complejidad lógica y contextual, que desde oraciones simples como “lo que usted vio debe haberle resultado tremendamente perturbador” hasta reconstrucciones más integrales que busquen deshacer las conexiones falsas tanto a nivel emocional como cognitivo.

Dos Patrones de Transferencia
Resulta una tarea importante para el analista el decidir si el material disponible se basa principalmente en un conflicto o en un déficit; al tomar esta decisión, ciertos aspectos cualitativos y cuantitativos pueden servir como guía.

Dentro de la tradición Kohutiana, se hace distinción entre transferencia de objeto (derivada de un conflicto) y transferencia del objeto si mismo (derivada de un déficit); no obstante, es este último concepto es muy restringido ya que sólo hace referencia a 3 patrones de transferencia narcisista (imagen especular, idealización y gemelar), excluyendo por ejemplo la transferencia fusión. Además, no sólo el contenido de la transferencia es de interés clínico, sino también aspectos formales como la coherencia, la diferenciación, la rigidez y la estabilidad de la transferencia, los cuales son relevantes.

En el conflicto, nos enfrentamos con impulsos y afectos dirigidos hacia representaciones internalizadas de objetos emocionales que anteriormente fueron importantes en la vida de la persona. Estas representaciones y las diferentes necesidades asociadas a ellos son proyectadas inconscientemente en el analista con la esperanza de recibir una gratificación por parte de él. Formalmente, ellas constituyen representaciones objetales completas, independientes y especificas, inmersas en patrones complejos de relaciones objetales.

A través de la internalización de aspectos del objeto y de su transmutación en estructuras despersonalizadas, duraderas, el individuo obtiene una independencia relativa de la presencia y gratificación directas del objeto. Así, la dependencia compulsiva de la aprobación del objeto disminuirá en la medida que se estructuren las funciones afirmativas del objeto.

Si la internalización de las representaciones de objeto y de sus funciones no ha sido completada, el individuo se mantendrá de una relación pre-estructural (funcional) con el objeto. Esa es la esencia de la transferencia que se origina en el déficit, que no está cargada con un contenido representacional específico. Se trata más bien de una externalización directa de una repetición de una estructura subdesarrollada o distorsionada.

Así, en principio, la transferencia de conflicto hace referencia a la repetición de necesidades dirigidas hacia las representaciones del objeto, mientras que la transferencia del déficit hace referencia a la repetición de necesidades dirigidas hacia objetos que no han sido internalizados. Desde el punto de vista terapéutico, se puede decir que el paciente con una transferencia de déficit es una persona que necesita un objeto capaz de suministrarle las condiciones apropiadas para corregir las representaciones objetales distorsionadas y para internalizar las funciones del objeto.

Sin embargo, la transferencia de déficit está cargada de significados que son proyectados en los objetos, esto se debe a que en la vida psíquica siempre se produce un proceso de organización. A través de este proceso, los defectos estructurales que se originaron a partir de traumas tempranos serán organizados dentro de estructuras posteriores de origen conflictual y de esa manera adquirirán un significado dentro de contextos continuamente cambiantes.

La intencionalidad primaria hace referencia a la capacidad rudimentaria del yo del niño para experimentar la representación del sí mismo como responsable de sus necesidades y sentimientos. Se supone que esta diferenciación estructural constituye un pre-requisito para el desarrollo de una patología a nivel de conflictos. Las patologías del déficit también puede presentar como característica la intencionalidad, pero como un fenómeno secundario. Inicialmente, el niño no tiene participación intencional en el trauma, pero es posible que, como un acto de organización posterior, transfiera las malas intenciones de otras relaciones conflictivas hacia el trauma, con el fin de otorgarle significado a una experiencia que de lo contrario resulta confusa o aterradora. El mundo puede resultarle más tolerable a un niño pequeño si piensa que su madre lo dejó porque era un niño malo en vez de tener que enfrentar el hecho de que su madre simplemente lo abandonó. Se puede hablar de 2 tipos de sentimientos de culpa: 1) uno basado en las malas intenciones que desde un inicio se experimentan como propias y 2) otro basado en las malas intenciones que son autoimpuestas posteriormente para eliminar una confusión.

Implicaciones Clínicas
Al pasar a través del lente conceptual de la transferencia de déficit- conflicto, el material clínico se dispersa en 2 direcciones:

-          En la medida que el material señale principalmente en la dirección del conflicto, la estrategia que se debe elegir es la de revelar el significado a través de intervenciones de tipo interpretativo.

-          Cuando el material señale en dirección del déficit, la estrategia será establecer el significado a través de intervenciones de tipo afirmativo.

En cada paciente se puede hablar de un punto de giro estructural, allí es donde la transferencia de conflicto se debilita y la transferencia de déficit toma el control. Al pasar dicho punto, la actitud investigadora deja de ser adecuada para el nivel estructural del paciente y el analista tiene que cambiar su estrategia. De no ser así, es probable que sus intervenciones aparezcan como un ataque contra la representación del si mismo que tiene el paciente.

Se han llevado análisis clásicos exitosos a pesar de que hayan existido elementos de déficit en la constitución psicológica de los pacientes; la razón para ello puede ser  que los buenos terapeutas, siempre han adaptado su técnica de tal manera que ella responda a la combinación especifica de déficit-conflicto de cada paciente, aún cuando esto todavía no hubiera sido articulado teóricamente ni tuviera plena conciencia de lo que estaban haciendo.

En relación a qué característica de la relación terapéutica es decisiva para impulsar el progreso terapéutico, esta es la disponibilidad emocional del analista, transmitiendo al paciente una sensación de no estar aislado. Se asume que esta característica es una condición fundamental para que se produzca un cambio tanto cuando se trabaja en la esfera de conflictos como cuando se está enfrentando derivados del déficit. El analista tiene que estar siempre disponible para que la terapia progrese.

 ¿Qué hace que el analista esté disponible en el nivel de déficit? La característica empática del encuentro terapéutico activa en el paciente la transferencia de experiencias con objetos si mismo fijados. Sin embargo, el analista no responde a estas experiencias desplazándose a la posición de suministro propia del objeto-si-mismo infantil. Lo que hace es confirmar la necesidad y el derecho que tiene el paciente de ser confirmado; es decir, que brinda su comprensión empática de cómo debe haber sido no haber recibido el reconocimiento añorado cuando más lo necesitaba y lo esperaba, justificando que se sienta así. Al confirmar exactamente la manera en que se siente el paciente, el analista se relaciona con la necesidad más urgente de un paciente con déficit, es decir, la necesidad de sentir que “yo soy” y que “tengo el derecho de ser”. Al transmitir esta característica de la experiencia, el analista se muestra emocionalmente disponible y, de esa manera, puede continuar el proceso, en el cual el paciente expresará su pérdida y su odio, pasando luego a investigar de qué manera ha bloqueado sus propios sentimientos y se ha apartado de un vínculo cercano. Al mismo tiempo, esta manera de tratar la transferencia de objeto si mismo puede ser conceptualizada como una representación madura del objeto-si-mismo.

Así, el analista cumple el papel tanto de un objeto-si-mismo de transferencia como de un objeto-si-mismo nuevo, teniendo este último la propiedad de estimular la construcción de estructuras. La experiencia de este objeto-si-mismo maduro, en oposición a los infantiles previos, prepara el terreno para que el paciente tome el control de las funciones de autorregulación en casos en que se produzca una empatía óptimamente inexistente por parte del analista.

Por lo tanto, no se indica ningún cambio en la actitud analítica. Elementos como objetividad, paciencia, estabilidad y tolerancia parecen ser tan adecuados para enfrentar derivados del déficit como lo son dentro de la esfera de los conflictos; no es necesaria ninguna característica adicional o especial en la participación emocional. No obstante, se tendría que excluir el énfasis en investigar de la actitud clínica. El elemento básico de la actitud analítica puede ser formulado como el principio de dejar ser al paciente; no debe confundirse con la neutralidad emocional, por el contrario, se transmite un profundo respeto al derecho del paciente a ganar experiencia en base a sus propias premisas y a confiar en su habilidad para hacerlo si se le brinda la oportunidad. Esta característica de libertad, que nunca debe ser excluida de la terapia, es quizá el mejor apoyo que el analista puede darle al paciente en su camino hacia la autonomía.

La neutralidad no excluye la característica humana de simpatía como un matiz básico que impregna al proyecto psicoanalítico en su conjunto. La neutralidad tiene que ser concebida como un principio para enfrentar la transferencia y no como una descripción del comportamiento emocional real del analista.

La actitud analítica es una manera de relacionarse cognitiva y emocionalmente compleja, compuesta de diferentes elementos, todos los cuales convergen en un elemento clave que es la simpatía. Puede producirse una oscilación entre una estrategia interpretativa y una afirmativa al interior de la actitud analítica, al poner el énfasis alternativamente en elementos parciales diferentes del racimo actitudinal. No parece necesario un cambio en la actitud básica a nivel teórico ni a nivel clínico.

Fuente: Killingmo, Bjørn (1989). Conflict and deficit: Implications for technique. Journal Psycho-Analysis, 70: pp. 65-71.

Prohibida la reproducción de cualquiera de los contenidos de forma parcial o total sin el consentimiento por escrito del autor. Citar como: Valentiner, A. (2010) Conflicto y Déficit: Implicaciones para la técnica. [Documento WWW]. http://articulos-psico-accion.blogspot.com.es/